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 PARTE IV 

EL MONOLITO DEL CERRO PILAN: “EL BRUJO”


Por JOSÉ LUIS CARLIN RUIZ


Esa mañana no se hablaba de otra cosa más que de lo que había pasado la noche anterior. 
En una esquina, un grupo de muchachos comentaban: – ¡Sonaba durísimo¡  parecía que el cerro se venía abajo…–Pero lo extraño es que eran rayos pero no había lluvia–, decía otro. –Seguro que han sido los ovnis–. ¿Tú crees en esas cosas? –Respondía otro.

En la tiendita igual, el mismo tema de conversación –Hay comadre que “fello” susto-. Todas las mujeres  que estaban ahí hablaban al mismo tiempo, ni se les podía entender. – ¡Churre ven pa’ca, vaya a ser cosa que pase otra vez…!. Los niños cogidos de sus mamás ni siquiera tenían ganas de ir a jugar.


Ya eran como las diez de la mañana, entonces vieron venir a Don Ismael, jalando al burro que traía sobre su lomo a un joven aparentemente desmayado. Mily, Ana y Paty venían llorando casi en silencio. Don Ismael venia pálido.


Un grupo de gente corrió hacia ellos. –¿Vienen del cerro Don Ismael?. Don Ismael no pronunció palabra alguna, caminaba como muy cansado. Paulo y Xavier, marcaban incansablemente el celular, pero parecía que no “entraban las llamadas”. Mark pidió a la gente que los dejen avanzar y que les traigan agua.


Casi a la altura de la capilla, Don Ismael se desvaneció. Las mujeres gritaban y los churres corrían asustados.

– ¡pa’ mí que se le ha “pegau” el susto ¡ gritaba Doña Juana, con un rosario en la mano. ¡Ave Mariya! ¡Pa’ que suben sabiendo que el cerro está “encantau”. Los gritos de miedo, de sorpresa y acusaciones venían de todo lado.


Pusieron a Don Ismael en la acera de la capilla y a Julián también. Don Ismael abrió los ojazos y trataba de decir algo, pero las palabras se le quedaban en la garganta, estaba bien pálido y frio. – ¡Llévenlo a Morropón, a la posta! Gritaba uno, ¡A Chulucanas¡ ¡den aire!, ¡den aire!– Gritaba otro. Hasta que, en el tumulto y la confusión, se acercó un anciano y muy seguro de sí mismo, les dijo: –Que no les ponga la mano ningún médico, los matan ahí mismito, eso es susto, susto fuertísimo…


Ana lloraba desesperada pidiendo que llamen a un doctor o los lleven a que los atiendan. Pero el anciano, ajustándose el sombrero volvió a decir: –el cerro los han “encantau”, y ahí mismo los tienen que curar–…

Doña Luz, abriéndose paso entre todos, dijo: –Si, el mayor tiene razón, ese susto solo lo puede sacar el “brujo”. ¡¡¡Santísima madre de Dios!!!... se persignó Doña Petronila,  -no lo mencione Doña Luz, que hasta “escalosfrios” me dan -  Todos hicieron silencio y miraban asustados a Doña Luz. –Pero y –¿quién los lleva?, decía uno. Los más jóvenes se hicieron a un lado como no queriendo comprometerse a nada. El anciano entonces llamó a un muchacho que se había quedado atrás. –¡Oye Ernesto tú conoces el camino! Tendrás que llevarlos. Ernesto votó el cigarrillo que aún estaba a la mitad. – Pero Pa’ ahorita estamos ocupaos, quien los manda a que se suban. – Muchacho no me desobedezcas o acaso quieres que vaya yo.


Mark entonces pidió que le expliquen lo que estaba pasando. Doña Luz entonces le dijo: – a tu amigo lo ha cogido el cerro, y si no lo llevan se les muere, igualito Don Ismael!.. – ¡Pero como los van a llevar si ni caminar pueden¡–. No hay otra manera de salvarlos, tienen que llevarlos, dijo el anciano– ¿Quiénes van a ir? pregunto Ernesto.

José, amigo de Ernesto, grito desde atrás: – ¡Yo voy! Mark sintió curiosidad y le pidió a Paulo para ir. ¬Xavier tú te quedas. Mili pidió ir con ellos, pero José advirtió que era peligroso.


Entonces, el anciano pidió que abrieran la capilla. – los demás deben permanecer aquí, hasta que vuelvan. Corrieron a pedir la llave. Algunas mujeres se persignaban – Ave María qué “fello”, primera vez que veo esto…- ya ha “pasau” comadre que no se acuerda de la historia de Juanito…


Entonces entraron a la capilla y el anciano pidió que mientras estén ahí los cubran con mantas de color oscuro. José, miró a Mark y a Paulo y les dijo: - Vamos de una vez, antes que se haga más tarde, para llegar a él, tenemos que ir por el camino correcto y llegar antes del anochecer, les advierto, no importa cuánto ruido escuchen, no miren atrás.


Paulo, entonces retrocedió y le dijo a Mark, -Mejor me quedo. Entones Mark algo molesto le contestó –No seas cobarde hombre, hazlo por Julián, debemos regresarlo sano y salvo.

-Nos llevaremos el burro de Don Ismael - Pusieron entonces sobre el las mochilas con agua y otras cosas. Ernesto cargó sobre su espalda a Don Ismael, mientras que José a Julián; Doña Luz se acercó a Ernesto y le dio algo envuelto en una tela negra. –cuando llegues a él, entrégale esto, pero no se te ocurra abrirlo en el camino. –Pónganlo en mi mochila–, contestó Ernesto, acomodando a Don Ismael para que no se caiga.


Partieron entonces, entre el llanto de Ana, de Mily y de Paty, mientras Xavier se dejaba caer en un rincón, no querían que sus compañeros vayan. Pero Mark se sentía muy responsable de la salud de Julián. 


Ya eran casi la una de la tarde, la gente se retiró a sus casas. –Ya se hizo tardísimo, comadre no demora en llegar mi marido y nadita he “cocinau” – Las mujeres salían apuradísimas jalando a sus churres. –por estar en el chisme comadrita– decía otra mientras cogía su bolsa con el arroz que había comprado antes. Mientras el grupo avanzaba rápidamente de retorno al cerro en busca del brujo.


Paulo, reconoció el camino, llegaron hasta la cueva donde vieron a esa cabra negra que salió corriendo. Ataron el burro y revisaron las mochilas. El miedo lo ganaba a Paulo, entonces José, le dijo –No demuestre miedo amigo, ¡póngase macho¡, que el cerro huele el miedo. Mark palmeteó a Paulo, como dándole valor. Paulo y Mark pensaban que seguirían el mismo camino, pero de pronto no sabían si se habían distraído o es que entraron a la cueva, pero el paisaje se veía distinto.

Ya eran las cuatro de la tarde. Paulo se extrañó, –¿tanto hemos caminado? Me siento muy cansado–. Es la altura le contesto Ernesto. Ciertamente habían subido ya buena parte del Pilán pero por un camino muy distinto al que ellos usaron en su visita anterior. Mark, sentía que por más que caminaban no avanzaban. Paulo entonces exclamó: - ¡Alguien nos sigue¡, escucharon? - Ernesto se apuró en contestar –¡No mires atrás! ¡Sigue!  – a Paulo se le enredaban las piernas. Entre el monte vio algo que se movía, –¿es un puma?, Shhh, contestó José, –no hagas ruido– y continuaron el camino.


Ernesto al rato, les dijo –hay que descansar–. Siéntense en círculo. Se sentaron y pusieron las cosas a sus pies. En el centro dejaron a Don Ismael y a Julián, cubiertos con unas mantas negras. Julián despertó, abrió apenas los ojos y balbuceaba algunas palabras que no se le entendían.


Ernesto empezó a hablar: – el brujo es muy poderoso, el vigila el Pilán, el habla con ellos… se convierte en lo que él quiera, en pájaro, en puma, en lechuza, en león, cualquier forma que a él le dé la gana, a veces baja al pueblo convertido en anciano o anciana, pobre de ti si lo miras a los ojos. Luego encogiendo los hombros continuó:  – shhhh, nos vigila, él sabe quién viene a buscarlo. Hubo una vez, alguien  que quiso subir a matarlo, pero él lo vio venir, y entonces el brujo se convirtió en un gigantesco puma y lo descuartizó, al otro día los gallinazos revoleteaban el cerro para comerse sus restos…su sombra va detrás de quien viene a pedir sus favores–. Mark interrumpió: – o sea ¿viene tras de nosotros?, si dijo José, por eso no se te ocurra mirar atrás, solo camina–, José continuó: –Dicen que cuando le gusta una mujer la hace venir al cerro y la encanta y la deja para toda su vida, mi abuela me contó que el brujo es inmortal, que desde que llegó nunca se ha ido, ni se irá–.


Paulo, no se atrevía a mirar alrededor. Ernesto entonces abrió su mochila y Paulo pudo ver que ese bulto que le dio Doña Luz, parecía moverse. ¿Qué eso que llevas ahí? –no sé, Doña Luz me dijo que no lo abriera. Pero se está moviendo dijo Paulo. Mark se asomó y dijo: -Es tu idea, esa cosa no se mueve. De pronto Mark, sentía que lo llamaban. –¡Hey! escuchan, están diciendo mi nombre, escucharon pasos detrás de ellos. Ya había oscurecido. Había un extraño y fuerte olor a flores a perfume, a hierbas.

Al rato los pasos se hacían cada vez más claros y como que ciertamente, se escuchaban voces. Se pusieron de pie rápidamente, los arbustos se movieron, Ernesto incluso retrocedió, cogiendo su machete. Tres sombras aparecieron. ¡¡¡Mierda!!!  grito José.


Mark sentía que el corazón se le salía del susto, y Paulo, estaba tan blanco y con los ojos desorbitados.

–Tranquilos muchachos– se escuchó una voz. Mark apunto con la linterna y en realidad eran dos hombres acompañando a una señora, todos venían cubiertos con mantas y colchas. –¿Vienen de donde el maestro? preguntó José. –sí, así es. Hay gente allá arriba–.


La mujer los miró y se cubrió el rostro, Continuaron su camino, mientras Mark soltaba una carcajada de evidente nerviosismo. ¡carajo que susto!...

-Bueno sigamos el camino, ya no falta mucho. Paulo, llevado por la curiosidad metió las manos a la mochila de Ernesto, quería saber que era lo que le entregó Doña Luz, al tocarlo, sintió que una mano fría y descarnada lo cogía, un escalofrió recorrió su cuerpo, dejando salir un grito desgarrador. Los demás no habían reaccionado cuando lo vieron correr cuesta abajo. ¡Paulo! ¡Paulo!, gritaba Mark, ¡regresa! Ernesto y José se miraban sin saber qué hacer. Mark lo quiso seguir pero Ernesto lo detuvo.


José entonces dijo, lo voy a buscar, continúen yo los alcanzo, poniendo a Julián sobre el burro, que se mostraba cada vez más inquieto. ¡Sooooo burro!!! Gritó Ernesto.  Mark, no quería seguir el camino sin Paulo. Pero Ernesto le hizo recordar que la vida de su amigo y la de Don Ismael estaban en peligro –No te preocupes, José conoce muy bien estos caminos, lo traerá de vuelta. Con mucha desconfianza Mark continuó arreando al burro.


Con las linternas encendidas avanzaron. El camino se hacía más difícil, Mark se sentía agotadísimo. De pronto llegaron a una zona un tanto descampada. –Detente– le dijo Ernesto a Mark. A unos metros de ellos había alguien todo cubierto, era alguien corpulento, de por lo menos dos metros de estatura, su respiración se escuchaba y se sentía aun en la distancia, algo negro, más oscuro que la misma noche, lo cubría desde la cabeza a los pies

-No lo mires-susurró Ernesto. ¿Él es el brujo?, balbuceó Mark. Había alrededor un silencio sepulcral, ni siquiera el viento se atrevía a cruzar, el cielo esta oscurísimo. Mark, sentía que el suelo se movía, como si cientos de hormigas negras corrían bajo sus pies, Ni cuenta se había dado que tenía apretadísimo el brazo de Ernesto. El burro se inquietó casi dejando caer a Julián. 

- ¡Suéltame carajo!, no muestres temor– Dijo Ernesto. Sin embargo, Mark lejos de perder el miedo quiso salir corriendo, la presencia de ese ser frente a ellos, le revolvía las entrañas. De pronto el terrible silencio se interrumpió, por una voz casi gutural: –¡Sicanñi!.


Ernesto entonces saco de su mochila lo que Doña Luz le había entregado y sin mirarle a los ojos se acercó extendiendo sus manos. El brujo lo recibió e inmediatamente lo abrió. Mark de reojo trataba de mirar que era, le pareció ver un cráneo o tal vez era un “huaco”, no se podía distinguir, el brujo dejando ver una infernal sonrisa apreció el obsequio. Mark pudo ver sus ojos amarillentos, como si fueran de un reptil.


El momento fue interrumpido por el ulular de unas lechuzas que surcaron el cielo, volando por encima de ellos. Mark se tiró al suelo, temblando de miedo. El brujo les dio la espalda y avanzó arrastrando la pesada tela que lo cubría. Ernesto, sin dejar caer a Don Ismael, levantó a Mark y fueron tras el “brujo”.


Cruzaron por unos imponentes árboles, que entre las sombras parecían humanos gigantes. Luego entraron a una vieja casa con paredes de quincha y techo de tejas. Unos mechones humeantes  iluminaban la entrada. Había tres o cuatro personas más, sentadas en unas bancas de madera. Una mujer anciana les indicó el lugar donde deberían dejar a Julián y a Don Ismael, luego los invitó a sentarse. Al parecer era como la asistente. Ernesto escuchó que el brujo le susurraba algo a la mujer. Entonces ella le preguntó –Dice que como está tu padre. Muy extrañado Ernesto contesto- Si, si…. está muy bien. El brujo volvió a susurrar. –El maestro dice que le adviertas que no vaya a hacer negocios con su compadre. No tiene buenas intenciones. – Muy confundido Ernesto contestó. – está bien, se lo diré en cuanto baje–.


Mark, no comprendía nada, solo quería salir de ese lugar y encontrarse con su amigo Paulo. La mujer volvió a dirigirse a ellos –Ya lo encontró, está a salvo y lo trae de regreso.


Mark miraba aun con más asombro a Ernesto, quien le hizo señas de que se tranquilice.

Mark, vio que sobre la mesa había palos, velas encendidas, cráneos, unos huacos, botellas y muchas cosas más. Le llamó la atención ver imágenes religiosas. Quiso mirar el rostro del brujo, pero extrañamente las sombras no le dejaban ver.

La demás personas permanecían en silencio, estaban como adormitados.


Afuera las lechuzas seguían revoleteando. De pronto el silencio volvió.

-Cuchuc yor! ¡ñangru! ¡Chupuchup! Cuiar ñap! ¡ñususchu! ¡Yacu!!allpa!

Mark, casi susurrando le pregunto a Ernesto -¡sabes lo que esta diciendo? Ernesto casi amenazante le respondió ¡silencio!, está llamando a las fuerzas del cerro…

En el terrible silencio se escuchaba que pronunciaba algunas palabras totalmente desconocidas las mismas que la anciana parecía traducirlas.

–Hay mucho dolor aquí–, señalando a una de las personas, de pronto una de ellas empezó a sollozar.

La mujer que asistía al brujo, volvió a decir. –El Pilán te acoge, el Pilán te dará la salud.

El brujo entonces dijo: –Unuc–, la mujer acercó a una de esas personas una vasija: -bebe esto…


Continuaba ese extraño ritual ante los atónitos ojos de Mark. Entonces el brujo siguió, al parecer diciendo plegarias, o sabe Dios que, se acercó a los cuerpos de Don Ismael y de Julián, escupía al aire, algo que olía a aguardiente, a “cañazo”, agitaba esas varas de madera, esparcía perfumes, decía palabras que no se entendían. La anciana entonces dijo: –El que viene trae algo que no es de él, el cerro lo reclama y tiene que devolverlo, de lo contrario ellos morirán– 


Mark y el mismo Ernesto no entendieron nada; en efecto, al rato llegó José trayendo a Paulo, quien venía arrastrando una pierna, al correr había caído y se había herido la pierna derecha. La mujer entonces se acercó a Paulo y le dijo: –tienes que devolverlo…– Paulo, cansado balbuceó: -¡entregar que¡ -aquello que no te pertenece– dijo la anciana, señalando uno de sus bolsillos. Paulo muy asustado y sin comprender nada se metió la mano al bolsillo y sacó una pieza de metal, al parecer era oro puro, una especie de cuchillo pequeño parecido a un “tumi”. Mark, le preguntó –¿de dónde sacaste eso? Paulo, aun confundido, dijo –lo tome de las cosas del guía–. De Don Ismael, contestó José, seguro lo encontró mientras subían. 


Efectivamente, Don Ismael había recogido ese objeto en la entrada de la cueva, ahí donde vieron a la cabra negra.

La mujer tomó la pieza y la entregó al brujo. Afuera de la choza, el viento soplaba fuerte. Las lechuzas gritaban y el brujo pronunciaba algunas palabras. La mujer alcanzó una pequeña vasija de barro a Ernesto y le hizo una seña. Ernesto entonces acercó su nariz y absorbió el líquido que contenía, luego se la dio a José y este a Mark, - Toma tienes que “singar”. Mark, contesto- ¿singar? ¿qué es eso? José sonrió y le mostró como hacerlo. Mark, al primer intento se ahogó arrojando el líquido al suelo. La mujer muy molesta le alcanzó más líquido, –¡mierda¡, gritó Mark al rato, creo que me estoy mareando. Entrando en un estado de enajenación. El brujo salió del lugar ocultando su rostro y llevando consigo aquella pieza que devolvió Paulo, que para ese rato yacía inconsciente.


Don Ismael había despertado, pero apenas si podía hablar, mientras Julián permanecía pálido con los ojos bien abiertos y la mirada perdida, mudo.


Afuera el brujo gritaba palabras que ellos no entendían, un relámpago iluminó todo el lugar, Paulo, despertó mirando atónito a todo lado. Mark retrocedió asustadísimo, pues con la luz vio cientos de rostros cadavéricos en todo el lugar. Parecía que hubiera fantasmas en las paredes, en el techo rostros horribles, en un rincón había alguien que los miraba directo a los ojos, de pronto la anciana se veía como una joven mujer, muy hermosa, ojos verdes, pelo rubio, las tres personas que también participaban del ritual se veían como seres deformes, horribles, no sé de dónde venía una música chamánica, parecían tambores, parecían campanas, se sentían fuertes olores a flores, a hierbas Ernesto y José permanecían quietos, inmóviles. 

Los objetos sobre la mesa cobraban vida. De repente entraron atravesando la puerta cerrada dos figuras casi humanas, vestidos de blanco resplandeciente, sus ojos eran amarillos, se acercaron hasta donde estaba Julián y Don Ismael. Todo era confuso, todo era perturbador, todo era real o producto de la imaginación o efecto tal vez, de los brebajes que habían “singado”.


Un nuevo relámpago iluminó todo, pero lo extraño que era una luz verde, tres veces seguidas se iluminó el lugar, mientras que el suelo parecía temblar, las tejas del techo vibraban, la vieja puerta se abrió sola y se cerró de golpe, a lo lejos se escuchaban ruidos metálicos, la luz de los candiles y de las velas se apagó. 


De pronto todo volvió a la calma, la anciana encendió los candiles y el brujo empujando la puerta entró, sin dejarse ver el rostro. Se sentó sobre un taburete, diciendo cosas, agitaba fuertemente una vara, como si golpeara a alguien o a algo, la anciana esparcía perfumes y de pronto el brujo hizo silencio. Paulo y Mark respiraban tan fuerte como podían, sentían que la vida se les terminaba.  Las otras personas que también participaban del ritual, estaban también asustadísimas. –Ya terminó– habló la anciana. – ¡Ya nos podemos ir¡, exclamó uno de ellos. La anciana les dijo – deben quedare y esperar a que amanezca, el cerro aun esta bravo.


Se quedaron de pronto tan dormidos y la noche avanzó sin que se dieran cuenta. De pronto ya se dejaban ver los primeros rayos del sol, Julián fue el primero en despertar, estaba espantadísimo y pálido aun, confundido corrió a despertar a Mark y a Paulo. Don Ismael se despertó y se sentó sobre la vieja tarima, Ernesto y José despertaron también. Ya no había nadie más en ese lugar. –¿Dónde estamos? – preguntó Julián, – es una larga historia, dijo Paulo. Mark miró alrededor y ya no estaban los objetos que vio sobre la mesa la noche anterior, parecía una casa totalmente abandonada. –me duele la cabeza–dijo, es como si hubiera estado tomando toda la noche– Sacó una botella con agua de la mochila y bebió.


Se apresuraron en salir, vieron correr entre el monte a un venado. Todo estaba en calma, Don Ismael sigiloso desató al burro y comenzó a bajar, los demás lo seguían en silencio. 

Las aves revoloteaban de árbol en árbol, dejando escuchar su trinar. Luego, solo se escuchaban las hojas secas que al caminar el grupo pisaba. De pronto el lugar se llenó de sombras, como si entraran a un túnel. Don Ismael les dijo – caminen rápido y no toquen nada–. Al rato estaban ya fuera de la cueva, continuaron el camino sin descanso.


Don Ismael, preguntó –¿Quién le ayudó al brujo anoche? –Una anciana– dijo Paulo y Mark a la vez. –Mi papá me contaba, que esa anciana es una joven que se perdió hace muchísimo tiempo, vino con un grupo de amigos para subir al cerro y en el camino de regreso se perdió, la buscaron por todos lados, hasta que abandonaron la búsqueda creyendo que el cerro la había encantado…


Julián apuró el paso, casi corría, Mark y Paulo hicieron lo mismo. Ernesto y José soltaron una burlona carcajada y Don Ismael con el mismo palo que venía arreando al burro los golpeó – avancen también ustedes, antes que el cerro se ponga bravo–.

Eran casi las diez de la mañana, en el pueblo corrió la noticia que el grupo estaba de vuelta, Xavier, Ana, Mily y Patty salieron al encuentro, se abrazaron llorando. 


Doña Luz les esperaba ahí afuera de la capilla con un rosario en la mano, se arrodilló y se persignó. Ernesto abrazó a su papá y le dijo – Pa’ el maestro me dio un mensaje para usted, vamos a la casa, allá le cuento–.

Don Ismael mirando al cerro también se persignó, se subió al burro y despidiéndose de los jóvenes visitantes emprendió el camino a su casa.


JOSE LUIS CARLIN RUIZ, 2024


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PARTE III
EL MONOLITO DEL CERRO PILAN: “ENCUENTRO CERCANO”
Por JOSÉ LUIS CARLIN RUIZ.

Han pasado ya, más de diez años desde la última vez que estuve en Solumbre, volví un día para grabar unos videos de Tondero con Gamaniel y la señora Julia. Al llegar, me acerqué a una tiendita para comprar agua y pregunté por Don Gerónimo. –Ya se nos fue Don Gerónimo, murió antes de la pandemia–. Lástima, me hubiera gustado despedirme de él, le dije a la señora. –Fíjese usted, Don Gerónimo antes de morir adivinó lo de la pandemia, le dijo a mi comadre, que algo bien feísimo nos iba a pasar a todos y también le dijo que se iba feliz porque ya había hecho todo lo que tenía que hacer en esta santa tierra. Me inquietaron esas palabras recordando todo lo que Don Gerónimo me había contado sobre el monolito en el cerro Pilán.
Al rato, me encontré con Don Ismael, lo saludé y me comentó que se iba para el Pilán, guiando a un grupo de jóvenes que venían hacer turismo. Justo llegaba una camioneta, de la que bajaron siete jóvenes, tres mujeres cuatro varones. – Ya llegaron, venga para presentárselos–. Nos acercamos y se fueron presentando uno a uno. Julián, Mark, Paulo, Xavier, Mili, Ana y Paty.
Mark, no dejaba de hacer preguntas, ni siquiera dejaba hablar a los demás, Paulo, no dejaba de tomar fotos, Mili y Ana estaban apresuradas por ir al encuentro del Pilán, Julián observaba con detenimiento el paisaje, mientras Xavier y Paty se encargaban de organizar el viaje.
Julián Paty y Xavier, venían desde Lima, invitados por sus amigos piuranos. Me llamó la atención, lo que traía Julián en su cuello, de una fina cadena colgaba un objeto de forma cuadrada, parecía hecho de cuarzo o de algún metal plateado, con filamentos de oro, más parecía un componente electrónico. ¬¬–Es un regalo de mi infancia, me da mucha suerte–¬. Me dijo, al notar que lo miraba con curiosidad. – ¡Mira! está más brillante que otras veces¬– Interrumpió Paty.
Julián Se alejó un poco del grupo, y se quedó parado en medio de la calle mirando para todos lados, una ancianita que estaba sentada frente a la capilla, se le acercó, lo miró detenidamente y le dijo con voz entrecortada. – ¬Me parece haberte visto antes–. Luego se fue caminando lenta y volviendo su mirada de vez en cuando. A Julián le pareció ver que la viejita tenía los ojos amarillos, volvió al grupo diciendo que había sentido la sensación de haber estado ya este lugar, como un “dejavú”. –Tú y tus misterios–. Bromeó Ana.
– ¿Quién es esa señora? – Pregunto Julián a Don Ismael, a lo que él respondió sin darle mucha importancia: –Es una viejita que a veces viene por aquí, como si buscara a alguien, se queda por horas frente a la capilla y luego se va, creo que es de Chulucanas.
Al rato partieron, Don Ismael jalaba un burro sobre el cual habían puesto gran parte de sus pertenecías, me despedí de ellos y los vi alejarse, con dirección a San José del Chorro, lo escuché a Don Ismael decirles que por esa ruta era más fácil subir al cerro, eran casi las diez de la mañana, el sol reinaba sobre la tierra. Julián iba atrás del grupo y Mark junto a Don Ismael, sin dejar de hacer preguntas. Por momentos, el canto de los chilalos y de algunas chiscas se mezclaban con el incesante parloteo de Mark.
Caminaron cerca a la orilla de la quebrada, hermosos y verdes árboles jóvenes les ofrecían su sombra. Ya habían caminado casi una hora. Julián no dejaba de mirar hacia atrás. – ¡Muchachos!, parece que alguien no sigue¬–. Paulo que iba con su cámara se detuvo para tomarle unas fotos. Tranquilo amigo, solo somos nosotros, ¡relájate! –Debe ser algún zorro que anda merodeando por aquí–, agregó Don Ismael.
Sin embargo Julián, había notado que detrás de él, la hojarasca se movía como si alguien efectivamente la pisara o de repente se movían algunas ramas de los árboles–Es el viento–, pensó. Sacó sus audífonos y se dispuso a escuchar música. El grupo se detuvo un rato para descansar. Don Ismael ató el burro a un tronco, luego todos se sentaron bajo la sombra de un frondoso y verde árbol, el paisaje era hermoso, se sentía una tranquilidad inigualable, a los lejos se podía ver la cima del Pilán; el bosque se abría ante ellos, Don Ismael se lucía explicándoles las diversas especies de árboles que abundan en el lugar mientras el olor suave a palo santo de vez en cuando llegaba hasta ellos, – miren, estos son charanes, acá hay hualtacos, por allá pasallos, también hay faiques, más arriba hay palo santo–, explicaba Don Ismael.
Luego de descansar un rato siguieron el camino. Antes de volver a partir, Paty revisó que nada se haya caído de las mochilas puestas sobre el burro. Por momentos Julián buscaba ponerse en el centro del grupo que a veces caminaban en fila india, sin dejar de mirar, cauteloso, a cada lado y de vez en cuando miraba hacia atrás.
Ya casi habían caminado dos horas Julián, iba tan absorto en sus pensamientos que ni cuenta se había dado que se estaba quedando atrás, escucho de pronto un ruido entre el monte, se detuvo, muy asustado, algo había ahí acechándolo, sintió un suave aleteo, ¬pensó que seguro era algún ave, percibió un olor a flores, a tierra húmeda y a hierba fresca, cuando levantó un poco la mirada, vio a un niño, rubio, muy blanco, sonriente, con hermosas y blancas alas que las movía suavemente, le extendió sus pequeñas manos como queriendo entregarle o quitarle algo, Julián estaba a punto de levantar su mano, atónito, cuando a lo lejos escucho su nombre –¡Julián! ¡Julián!, entonces emprendió una veloz carrera hasta llegar a donde estaba el resto, estaba pálido, bastante agitado, se sentó ahí en medio de todos. Mily y Ana corrieron a buscar en su mochila, le dieron a beber agua y las preguntas comenzaron, todos querían saber que le había pasado. Don Ismael, susurró. –es el cerro, tienes que ser fuerte muchacho, y no tengas miedo, el cerro te está aguaitando–. ¡No maestro!, no nos asuste se apuró en decir Paulo. – ¡Tonterías! Dijo Mily, son solo historias y Don Ismael se está bromeando.
Después de reponerse Julián se levantó. –Estoy bien dijo, solo es mi imaginación, sigamos–. El grupo continuó su marcha, el olor a palo santo se hacía cada vez más fuerte y el silencio también, solo se escuchaba el crujir de la hojarasca. En el camino pudieron ver huesos de animales, y hasta cráneos de vacas y de cabras. –son los tigrillos que siempre andan por acá, tengan cuidado– les dijo Don Ismael. Llegaron hasta un cerro más pequeño que el Pilán, el sol estaba justo encima de ellos. Desde ahí pudieron ver más de cerca al imponente Pilán. Paulo tomo unas fotos y se las mostró a Don Ismael. – ¿Ve esas grandes piedras? Pregunto Paulo. –Son los guardianes– contesto el guía.
Don Ismael les mostró el lugar y les señaló una cueva entre las rocas. –No se acerquen mucho a esa cueva-. Luego les explicó la ruta que debían seguir. – Bueno, hasta aquí los dejo. Suerte muchachos mañana los espero aquí mismo en este lugar, a esta misma hora ya estaré aquí–.
Los jóvenes aventureros le invitaron a que se quede con ellos un rato más y de paso aprovechaba para comer, bajaron la carga del burro que lucía muy cansado, sacaron algunos alimentos y se dispusieron a comer. Hablaron un poco sobre las historias que habían escuchado sobre el cerro. Don Ismael comía en silencio y les dijo –ver para creer, eso sí, tengan mucho cuidado, ellos cuidan muy bien al cerro–. Ana casi se ahoga cuando escucho a Don Ismael decir eso. – ¿Quiénes son ellos?, preguntó Xavier. –Los guardianes– respondió Don Ismael, levantando su mano en dirección al cerro y luego se echó la bendición.
Paulo, entonces le preguntó a Julián. – y a propósito, ¿Quién te regaló ese dije?, nunca he visto algo parecido¬–. Julián un poco orgulloso, dijo –es un regalo de mi abuelo Juanito–. Don Ismael dejó caer la cuchara con la que estaba comiendo. – ¿Juanito dijiste? Julián un poco confundido le contestó – Si, mi papá dice que mi abuelo era de acá del norte, pero que le tenía prohibido hablar de estos lugares, no sé por qué–. Don Ismael recogió y limpió la cuchara y le volvió a preguntar – ¿Y tu padre sabe que has venido a explorar el Pilán? – Todos lo miraban desconcertados a Don Ismael por las preguntas que hacía. Julián le respondió. – Bueno le dije que venía a las playas del norte con mis amigos, en realidad no sabe que estoy justo acá a punto de subir este famoso cerro–. Todos rieron, sin embargo Don Ismael se mostró turbado, quiso contar la antigua historia de Juanito, pero pensó que no era el momento.
Julián se levantó y se fue a un lado, ocultándose un poco de sus compañeras. El burro se inquietó dando señales de querer salir corriendo. – Sooooo, y que tuvo este burro– dijo Don Ismael. Al rato escucharon gritar a Julián, sus amigos fueron a verlo y lo encontraron asustadísimo mirando a la cueva – ¡ahí estaba!, ¡ahí, otra vez! –, sus amigos trataban de calmarlo pero él seguía gritando – ¡ese niño estaba ahí! entró a la cueva–. Don Ismael entonces corrió, se acercó con cuidado a la cueva y de pronto, algo se movió entre el monte, todos estaban asustadísimos, cuando una cabra grande y negra apareció de la nada y se fue corriendo. Todos retrocedieron, pero Don Ismael los calmó, – debe ser una cabra pérdida–.
Julián les pidió regresar. – Ya no quiero ir, mejor me regreso, sigan ustedes–. Pero Ana y Mily lo animaban a seguir con ellos- – Has venido desde Lima para nada, que miedoso eres. No pasa nada malo era solo una cabra–. Paty interrumpió –Eso te pasa por no dormir anoche–. Todos reían y bromeaban. Don Ismael hizo silencio y les dijo- – Ustedes dirán o se regresan o suben–. Xavier los animó a todos para seguir su viaje. – ya estamos acá, no nos vamos a regresar–.
Don Ismael sacó un rosario de su alforja y se lo dio a Julián, –toma hijo, porsiacaso. Julián entonces lo recibió rápidamente y se lo puso al cuello. Don Ismael puso sus manos sobre su cabeza y murmuró lo que parecía ser una oración.
Don Ismael tomó su burro que ya estaba más aliviado sin la carga y tomo el camino de regreso. El grupo continuó su camino, cuesta arriba. En el camino todo estaba tranquilo, a Julián se le veía animado, contento. Hasta ignoraba los restos de animales que en el camino encontraban, incluso los restos del cadáver de una ternera que parecía recién devorada. – ¿Cómo llegó hasta esta altura? – preguntó en voz alta Ana.
El olor a palo santo era cada vez más fuerte, el silencio se apoderaba del lugar y ante sus ojos se iban extendiendo los paisajes, a lo lejos se venían algunos pueblitos. Ya habían caminado más de dos horas, estaba muy cerca de llegar a la Cima. El sol jugaba a esconderse allá en el horizonte, se dispusieron a observar el ocaso, pero Frank los apuró, –subamos rápido antes de que nos gane la oscuridad–.
Al rato, los gritos de emoción de siete jóvenes rompían el silencio de la naciente noche. ¡Hemos llegado! ¡Sí!, !lo hicimos! Se abrazaron felices! Sacaron sus celulares y tomaron fotos en todas direcciones. Encendieron las linternas, sacaron sus casacas y abrigos, se aseguraron de tener todo lo necesario y se organizaron.
–Yo tendré el primer turno–, dijo Paulo tomando la escopeta que les había prestado Don Ismael. – Ten cuidado con eso– dijo Ana. Se sentaron en círculo con sus miradas alrededor, desde arriba se podían ver las luces de la ciudad. Luego, acostados sobre unas mantas pudieron ver como el inmenso cielo se llenaba de estrellas, parecían estar muy cerca de ellas, era mágico.
Jugaron a encontrar constelaciones, a mirar cada destello y tamaño de las estrellas, el aire era fresco y sintieron encontrarse cada uno consigo mismo. Se sentían tan llenos de energía, era una sensación indescriptible. La noche era tan silenciosa allá arriba, que parecían oír el susurro de las estrellas, en la lejanía una estrella fugaz surcó el cielo. Nuestros amigos exploradores sentían estar en medio de todo el universo. Que maravillosa experiencia.
Julián dijo entre risas y temeroso –Que mi papá nunca se entere que estuve aquí arriba– Luego se levantó triunfante levantando sus manos gritaba –¡Estoy aquiii! ¡Arriba! ¡En la cima del mundo!. Todos se levantaron eufóricos, levantando también sus manos y gritando, eran como niños. Xavi, saco su guitarra y empezó a afinarla, pusieron las linternas al centro como si fuera una fogata. Al rato allá en la cima del mágico Pilan, se escuchaba a un grupo de jóvenes tararear hermosas canciones, las risas, los gritos de júbilo y las bromas se alternaban con la guitarra.
Mark, saco de su mochila una botella, – ¿alguien quiere un trago? – Cuando no tu– le increpó Ana. –Brindemos por esta noche dijo Mark, Julián haznos el honor. Julián Un poco tímido les dijo. – No, no, no quiero beber. Paulo tomó la iniciativa y abrió la botella, ya eran casi las diez de la noche. Julián a la fuerza bebió un poco y se sintió algo mareado.
El tiempo pasaba rápido, era más de media noche, Mark, le dijo a Julián – ¡Hey! descansa que luego es tu turno de vigilar. Sin embargo Julián le respondió – ¿escuchaste?, siento que alguien viene. Mark burlándose le contesto. –Ya vas a empezar con tus alucinaciones, ¡relájate hombre!, ven tomate un trago más. Usando las linternas alumbraron alrededor, no había nada ni nadie.
Julián se acomodó entre sus compañeros que presas del cansancio y de los tragos ya dormían plácidamente. Al rato, Julián sintió un mano fría en su cuello, de un salto estuvo de pie, asustadísimo. Era Mark que lo estaba despertando. –Despierta hombre es tu turno de vigilar. –Cuanto he dormido preguntó Julián– Mark, haciendo un esfuerzo de seguir despierto le dijo –casi una hora, ahora es tu turno, te toca vigilar entregándole la escopeta y una linterna. –Toma, esta linterna está totalmente cargada.
Julián, se sentó sobre una piedra plana con la linterna encendida, sacó su celular y comenzó a revisar las fotos que Paulo le había compartido temprano. Al mirar las fotos que le tomó en el camino Julián notó que un bulto blanco estaba tras de él. Hizo un acercamiento en la foto y notó que ese bulto blanco tenía la apariencia de un niño pero su rostro era deforme. Se sobresaltó y pensó que mejor era borrar las fotos, luego saco un cigarrillo que consumió rápidamente y se aseguró de apagarlo bien. Quiso despertar a Mark pero este, estaba tan dormido que parecía un tronco, tomó el rosario con sus dos manos y empezó a orar.
Al rato, ya más relajado tomo algunas piedras para jugar, tirándolas en dirección norte. De pronto al lanzar con más fuerza una piedra, sintió que ésta había chocado con algo metálico, al instante vio dibujado en el vacío una enorme estructura metálica de forma rectangular sobre cuya superficie corrían como especie de rayos verdes y amarillos que destellaban y alumbraban todo el lugar, Julián dio traspiés cayendo de espaldas, la linterna se apagó, encendió el celular pero este no funcionaba, quiso gritar pero su voz parecía ahogarse en el aire. De pronto las luces ya no estaban, no había nada, las sombras invadieron el lugar y la linterna volvió a funcionar. –Debe ser los tragos, es solo mi imaginación– Se dijo a si mismo Julián. Miro a sus compañeros pero estos estaban tan dormidos que mejor pensó no despertarlos.
Sin embargo, quiso comprobar si había algo ahí frente al cerro, esta vez cogió la escopeta, apunto a la nada y disparó, miró a sus compañeros pero ellos no sintieron ningún ruido, entonces, ante los ojos de Julián, se volvió a dibujar aquella estructura metálica, parecida por su forma a un monolito, se mantuvo encendida por pocos segundos y desapareció, sin embargo por el lado oeste de aquella estructura apareció un objeto de luz roja incandescente, se movía muy rápido y se elevó perdiéndose en la inmensidad del cielo.
Ni se acababa de reponer del nuevo susto y ante él se reveló la imagen completa de ese monolito, era inmenso, algo nunca visto, eso era de otros mundos, tenía tres lados, pudo calcular su altura de casi trescientos metros, y cada lado al menos de unos setenta metros de ancho, su superficie de metal impenetrable reflejaba todo su alrededor y su potente luz que alternaba entre color amarillo y verde iluminaba todo el cerro, emitía pulsaciones que hacían vibrar la tierra bajo sus pies. Julián escuchó el ruido de puertas metálicas que se abrían. Tan magnífico y aterrador era ese espectáculo que Julián se había quedado boquiabierto sin pronunciar palabra, ni siquiera atinaba a despertar a sus compañeros, soltó la escopeta y quiso correr, pero sus pies parecían de roca, imposible moverse. En un abrir y cerrar de ojos otra vez ya no había nada.
Lo que había visto Julián era el monolito del cerro Pilán, del que solo algunos, habían tenido la buena o mala suerte de poder verlo desde que llegó y que durante el día, al reflejar y mimetizarse con el paisaje le daba la apariencia de un bloque inmenso de tierra y rocas.
Julián, sintió que ya podía moverse y corrió a esconderse en su bolsa de dormir, apretó los ojos diciéndose así mismo que todo era una pesadilla., pero de pronto, sintió que una mano fría y humedad tocaba su pierna, con todo el terror jamás vivido, abrió los ojos, frente a él había un ser vestido de blanco con apariencia de un niño, un agudo grito salió de su garganta, sin embargo sus amigos no escuchaban ni sentían nada. Julián estaba tan consciente y sus sentidos se agudizaron tanto que pudo escuchar allá abajo y muy lejos, el aullido de los perros.
Sintió que se elevaba sobre el suelo y al mirar bien el rostro de ese ser, notó que era una especie de reptil, ojos negros y grandes, miro sus manos y solo tenían cuatro dedos, su piel verdosa parecía tener escamas. Julián miro a su alrededor y todo estaba oscuro lo que hacía resaltar el color blanco y luminoso de lo que cubría a ese ser horrible. Miro al suelo dándose cuenta que al menos estaba a treinta centímetros de la tierra, Julián sintió que una mano humedad y fría apretaba su garganta, casi asfixiándolo, escuchó una voz gutural, el ser, le estaba hablando en una lengua totalmente desconocida, mientras Julián flotaba ese ser giraba a su alrededor si soltar su cuello, como examinándolo y buscando algo. Volvió a hablarle. Esta vez Julián le pareció entender lo que le decía, o al menos era su imaginación. Pero era imposible pronunciar palabra alguna, el terror se había apoderado de su cuerpo, de su conciencia, hasta se había mojado los pantalones, sin embargo Julián trató de interpretar aquellos sonidos, en su confusión, creyó escuchar algo como. –Estamos aquí– Julián agitaba sus brazos y sus piernas como queriendo bajar, y la voz gutural continuó –Lo que está debajo de tus pies nos pertenece ¡no mires al norte, ni al sur! ¡Si nos ves, te vigilaremos por siempre!
Julián no se había dado cuenta que ese objeto que llevaba desde niño en su cuello estaba brillando como si tuviera luz propia luego sintió que su cuerpo se movía y se elevaba cada vez más.
En ese mismo momento se escuchó la voz de Mark y de Paulo. – ¡Julián! ¡Julián!. Todos despertaron y pudieron ver entre la oscuridad a Julián casi al borde del precipicio, corrieron para sujetarlo logrando alcanzarlo, Julián entonces, se desvaneció en los brazos de sus compañeros.
Todos están desconcertados, aturdidos, trataban de reanimarlo, pero nada hacía reaccionar a Julián. El objeto que portaba Julián brillaba intensamente con luz verde y amarilla. Trataron de quitárselo pero éste quemaba.
De pronto y ante los ojos y asombro de todos, el cuerpo de Julián se elevó en los aires, el objeto se desprendió de su cuello y la cadena que lo sujetaba cayó al suelo, pero ese dije de forma extraña comenzó a girar alrededor de Julián, brillando intensamente, el objeto bajó y se hundió en la tierra, como si perteneciera a ese lugar. Olía a flores y a hierba fresca. Julián despertó y cayó pesadamente. Los miraba a todos, aterrado y trató de cubrirse el rostro con sus manos.––¡Somos nosotros Julián, tus amigos! ¡Julián! ¡Julián!. Ana y Mili lloraban desesperadamente pidiendo bajar de una vez, aun en la oscuridad de la noche. Mark, trato de calmarlas. Paul recorrió con una linterna por todo el rededor, pero no había nada, el silencio volvió a reinar, Julián permaneció callado y tembloroso. Eran casi las cuatro de la madrugada. Encendieron todas las linternas y empezaron a guardar todas sus pertenencias. Paulo disparó al aire con la escopeta. Una luz roja incandescente bajó rápidamente y se perdió frente a sus ojos en la nada, solo se escuchó como si una puerta metálica se cerrara.
A la primera luz del nuevo día, siete jóvenes descendían en absoluto silencio. Julián bajaba ayudándose de Mark y de Paulo, pues no podía sostenerse por sí mismo, tocó su pecho notando que su cadena ya no estaba. Ana lo abrazó diciéndole –Déjalo, ya todo terminó– Y continuaron su descenso el viento soplaba suave y el olor a palo santo se confundía con esa sensación de miedo e incertidumbre.
Mientras tanto en los pueblos cercanos como Franco, Solumbre, San José del Chorro, en Morropón y hasta en Chulucanas, corría la novedad de que en la noche anterior, habían caído rayos en el cerro Pilan.
Doña Margarita fue a buscar temprano a la vecina: –Que fella ha estau la noche comadre, el cerro ha estau bien bravo – La comadre salía con un rosario en la mano y persignándose –Si comadrita y los perros aullaban feísimo– ¿Qué habrá pasau?
Don Ismael al escuchar la noticia sin decir nada a nadie, cogió su burro, lo ensilló rápidamente y se fue al encuentro de los exploradores. Los encontró más allá de la cueva, venían casi corriendo. Julián venía pálido, apenas podía hablar, sin embargo con la voz entrecortada le preguntó a Don Ismael – ¿Cómo llegó eso hasta ahí? Don Ismael los miró a todos y respondió – ¿El monolito?, pues esa, es otra historia.
JOSE LUIS CARLIN RUIZ, 2023
Fotografía. Javier Morales Cabrera.

 

II PARTE

EL MONOLITO DEL CERRO PILÁN: EL TEMPLO DE LO DESCONOCIDO

JOSE LUIS CARLIN RUIZ

Después de conocer la historia del monolito en el cerro Pilán, la intriga por las fotografías era cada vez mayor, ¿Que eran en realidad esas líneas que se reflejaron? Tiempo después regresé a Solumbre, en búsqueda de más información, sobre lo que haya podido suceder.


Era un sábado casi al medio día, justo por ahí venía Don Gerónimo, cabizbajo y con sus pasos más lentos que antes, me acerqué a saludarlo, me reconoció y en su rostro marcado por el tiempo se dibujó una sonrisa –Ah veo que usted si me creyó. Lo vi sentirse satisfecho, su mirada se clavó en el horizonte allá donde se asomaba el Pilán. –Algún día, ya muy pronto me iré y no me quiero llevar lo que conozco. –No creo, usted tiene para rato, le dije. Entonces saqué de mi mochila unas fotos impresas, fotos que tomó mi amigo Javier durante sus paseos. Se las mostré, las miró sorprendido y muy atento señaló un punto en la foto y sonriendo dijo – ahí están. ¿Así son los que usted ha visto salir del monolito?, le pregunté. Alzó la mirada al cielo y respondió: – Ver para creer.

¿Y qué fue de Juanito? –No ha vuelto nunca más, dicen que se casó y tiene ya su familia, tuvo mucha suerte de que no se lo llevaran, pero dicen que las pesadillas lo asaltan noche a noche.

¿Acaso a otros en serio se los llevaron? ¿Pero quienes? –Uuuuh , hay muchas historias, muchos secretos, dicen que el cerro Pilán esconde tesoros, riquezas, los esconde a ellos y ellos lo cuidan, ellos no dejan que cualquiera encuentre esos tesoros, son muy celosos, desde que llegaron, ellos te ven, te conocen, te vigilan, conocen tu corazón…Unos tienen suerte, a Don Serapio lo dejaron ir, pero se quedaron con su perro…

La curiosidad y el miedo se mezclaron, le alcancé una botella con agua refrescante, la bebió con avidez, miró hacia los costados y eligió una acera protegida por un ancho alar de tejas ennegrecidas por las lluvias y el tiempo, se sentó y lo seguí.

–Juanito tuvo mucha suerte de regresar, nunca se supo cómo logró salir de allí, del monolito, tal vez cuando lo quisieron llevar adentro se escapó, o tal vez no les sirvió…quien sabe.

Cada palabra estremecía mis pensamientos, pero quería saber que había pasado realmente. Entonces le interrumpí –pero ¿Quiénes?, ¿a donde lo llevaban?.

El continuó: –Hace algún tiempo venía por acá siempre un vendedor, cargaba con su plástico al hombro, pesado y lleno de ropa, venia de Chulucanas, por aquí pasaba vendiendo ropa, luego se iba pa’ Franco, la María que todo lo aguaitaba, ya le había dicho que cuando pase por el Pilán tenga cuidado, no vaya a ser cosa que lo encante el cerro.

Don García, no le hizo caso. –Tonterías, dijo, y siguió su camino, pero un día ya no se supo más de él. Recuerdo que los churres llegaron corriendo, asustados y gritando, salimos a ver lo qué pasaba y ellos contaron que en el camino frente al Pilán habían encontrado la ropa que vendía García, regada por todo el monte, en sus bolsas, intacta, nuevecita. Al siguiente día los churres andaban con ropa nueva, a unos les quedaban grandes las camisetas, pero los churres igual se las pusieron.

Y es que García al pasar una mañana por ahí camino a Franco, vio a lo lejos algo muy brillante, que atrajo su atención y se adentró en el bosque, el extraño objeto se volvía más brillante, de vez en cuando le perdía el rastro porque el monte lo ocultaba pero Don García seguía buscando, ya se había alejado buen trecho del camino pero ni cuenta se dio, parecía que estaba ya cerca del objeto pero éste estaba más lejos y más brillante, parecía inalcanzable, Don García debió volver, pero él siguió y siguió, de pronto un grito que estremecería al más valiente se escuchó. No se supo más de él. Se lo llevaron.

Un silencio sepulcral nos invadió y un viento frío cruzó casi haciendo volar el sombrero de junco de Don Gerónimo. A lo lejos se escuchaba el aullido de un perro. –Escuche, segurito están saliendo del monolito.

Fijé mi mirada hacia el Pilán pero no se vio nada extraño. –Ahí van me dijo, mire esos puntos brillantes. Me levanté y agudicé mi mirada pero nada, no podía ver más que el majestuoso Pilán.

Don Gerónimo continuó: –lo mismo le paso al hijo del “franqueño”. – ¿Cuál franqueño?, le pregunté, –uno que vendía miel, se iba hasta a Morropón, a veces caminando a veces en acémila, como a las tres o cuatro ya andaba por acá, a veces pasaba temprano y se iba hasta la Quebrada de las Damas, vendiendo miel y algarrobina.

Un día llegó por aquí, venia pálido el hombre, hasta tartamudeaba, Doña María que estaba en la puerta le ofreció agua, la María le hacía un montón de preguntas, pero el hombre ni podía decir nada. Hasta que se calmó y le contó que unos fantasmas lo habían perseguido, que eran bien feísimos, con ropa resplandeciente, tan resplandecientes que cegaban sus ojos y flotaban en el aire. –¡Ave María purísima!, que habrá sido eso, seguro almas en pena… lo bueno que no lo alcanzaron.

El “franqueño” seguía pálido, ya eran como las cinco de la tarde y decidió regresar. – ¿Seguro que quiere regresar solito?, –sí, si antes que oscurezca, respondió el “franqueño”. –si quiere quédese a dormir, se apresuró a decir la María. ¬no señito, que va a decir mi mujer que no he llegado, mas que es bien celosísima, gracias por el agüita, ya me regreso –que coste que le ofrecí a quedarse conmigo, digo, a quedarse a dormir. Dijo la María.

Se fue entonces el “franqueño” de regreso y al otro día ahí mismito corrió la noticia de su desaparición, encontraron las botellas de miel y algarrobina, cerca al camino, justito frente al cerro.

Yo lo miraba atónito, incrédulo. –Si no me cree vaya un día por Franco y pregunte, va a ver que no le estoy mintiendo, le juro por la Carmencita que así fue como pasó.

¿Qué pasó con el franqueño? ¿Desapareció como Don García? –Apareció como a los siete días, un sábado, lo encontraron sin ropa, todo flaco y desorientado, lo encontraron en medio de la quebrada, cuando se acercaron a él gritaba muy asustado, ¬– ¡no me toquen! ¡Déjenme! ¡Déjenme!...tenía unas extrañas marcas en la espalda, muy parecidas a las que encontró Juanito en su alforja ¿se acuerda de Juanito?, sí, claro que lo recuerdo.

–Cuentan que el “franqueño” , estuvo como dos semanas sin decir palabra alguna, permanecía sentado con la mirada fija en dirección al cerro, solo pedía agua y bebía y bebía agua, como si hubiera estado siete días en el desierto. Su mujer lo llevo a los curanderos, pero nada, seguía igualito. Le llenó el cuarto con estampitas y recipientes con agua bendita, pero nada de curarse. Un viernes de madrugada, dicen que se escuchó un grito aterrador, despertó a todo ser viviente que estuviera cerca, su mujer salió corriendo del cuarto, asustadísima, su hijo mayor corrió a su encuentro mientras el más chico se acurrucaba entre sus sábanas. – ¿Qué pasó mamá? ¿Qué pasó? Entraron al cuarto y ahí estaba el “franqueño” sentado al borde de la cama llorando, se levantó y abrazó a su mujer y a sus hijos, era como si hubiera recién despertado como si recién tomara conciencia. Esperó a que su hijo menor se durmiera y empezó a hablar.

Pidió agua y les contó –Recuerdo estar rumbo pa’ Solumbre una tarde, en el camino vi venir como a seis hombres, forasteros, cuando estuve más cerca de ellos, me miraban fijamente, pensé que me asaltarían, de pronto vi como los seis hombres se hacían dos, eran como demonios, sus pies escamosos y con garras, su ropa era blanca, brillante, lo único que hice fue empezar a correr y correr, hasta llegar al pueblo, no sé en qué momento dejaron de seguirme, solo sé que ya estaba allá en Solumbre. Cuando regresé ya era como las cinco de la tarde, venia rezando y sin mirar al cerro, a paso apurau, de pronto escuché cerquitita al camino el maullido de unos gatos chiquitos, pensé ¡carajo!, gente mala, como abandonaron por aquí a estos animalitos y entonces fui a buscarlos.

El “franqueño” continuó: –Me metí al monte y los maullidos de los gatitos se alejaban, pensé que los gatitos huían y apuré el paso, de pronto estaba en medio como de un jardín de flores blancas y amarillas, pero extrañamente brillaban como si fueran de metal, de oro, si de oro, de pronto no supe más de mí, desperté en un lugar desconocido, nunca en mi vida había visto algo así, había mucho oro, todo brillante… pero ellos estaban ahí, yo los vi, ellos cuidan ese tesoro. – ¿Quiénes? Interrumpió su mujer. –Ellos los que cuidan ese lugar. Hubo un prolongado silencio, afuera los perros ladraban y a lo lejos otros aullaban. El hijo mayor cogió un palo y salió a ver qué pasaba.

Al rato volvió, – ¿Qué fue hijo? Pregunto el “franqueño”. –Nada pá, no hay nada, pero sigue contando pá, donde está ese lugar. –No recuerdo más, solo recuerdo que ese lugar daba mucho miedo, y también recuerdo haber visto una grieta entre las rocas, no sé cómo logré salir de ese lugar, corrí corrí sin saber a dónde iba, luego ya no supe más…

El “franqueño”, miró por toda la habitación como si sintiera o buscara algo, miró a la ventana, se levantó y se aseguró que estuviera bien cerrada, luego se quedó dormido.

El mayor de sus hijos casi no durmió el resto de la noche, ¿que había de cierto en lo que les contó su padre? ¿Y si en realidad había oro? Ya lo había escuchado antes. Al amanecer se alistó y salió apresurado, fue hasta la casa del Alberto su amigo. La mujer del “franqueño” había entrado al cuarto de su hijo el menor, se asustó cuando vio en la sabana una marca como si fuera de una mano, pero con solo cuatro dedos. Asustadísima salió con la sabana en la mano, sin saber qué hacer. La metió en una bolsa y la colgó de un horcón ahí en el corral, pensando en llevarla en la noche donde su comadre pa’ que la sorteara.

Mientras tanto, Alberto, el amigo del hijo del “franqueño”, apenas despertaba, –Hombre que haces aquí tan temprano, ¿te votaron de tu casa o qué? –No, no, vengo a contarte lo que le sucedió a mi padre. Hablaron un buen rato. –Esas cosas yo también escuchau, debe ser cierto, el Pilán guarda tesoros, solo hay que saberlo buscar. El hijo del “franqueño” le brillaban los ojos –Pero y si nos encanta el cerro. Alberto entonces se levantó miró en dirección al cerro y dijo –el cerro exige su pago, hay que hacerlo antes de adentrarse en sus tierras. –pero ¿y cual será el pago? -no te preocupes de eso, yo me encargo -entonces ¿cuándo vamos?, preguntó el hijo del “franqueño”. –en un par de días, dijo Alberto.

Una noche antes de partir, el hijo del “franqueño” no podía dormir y salió al corral, se paseaba de un lado a otro, inquieto. Su mamá lo sintió, se levantó y le pregunto qué es lo que pasaba. –Nada má, mañana me voy con el Alberto por ahí a andar. –pero mijo, no vayas por el cerro, no ves lo que le paso a tu papá. –No te preocupes má Alberto conoce bien esos caminos. Su madre se fue a dormir y el hijo del “franqueño” se quedó ahí mirando a la lejanía, de pronto vio una luz fuerte, como de un relámpago que caía sobre el Pilán o al menos cerca, era una luz verde, eran como las tres de la madrugada, los perros aullaban. Le entró miedo pero su mente estaba fija en otras cosas.

Al siguiente día partió con el Alberto rumbo al cerro, cada uno en su burro, el Alberto llevaba su escopeta, terco el muchacho, si le hubiera hecho caso a su madre. A lo lejos se escucharon disparos…Ya han pasau muchos años y nunca se supo nada de ellos, los burros regresaron solos, con el fiambre en las alforjas. Se los llevaron como a los demás.

Dicen que el “franqueño”, todos los días salía a buscarlos por los alrededores, no se atrevía a buscar en el mismito cerro, tenía la esperanza de que su hijo volviera como él lo hizo.

La gente dice que los encantó el cerro, algunos aseguran haber visto huellas de personas que suben y bajan del cerro, creen que son de los desaparecidos que no encuentran el camino pa´ regresar, otros dicen que en la entrada de una cueva hay unos sacos con oro, seguro que el Alberto y el hijo del “franqueño” están adentro buscando y sacando más tesoros, pero eso sí, ellos, los del monolito, no dejan que nadie se traiga ese oro, nadie. Otros dicen que cuando se acercan a las cuevas se escuchan voces, susurros, llantos y lamentos, esos ruidos viene de bien adentro, deben ser los desaparecidos…

El “franqueño” estaba segurísimo que su hijo y su amigo estaban vivos ahí adentro en ese lugar terrible, o a lo mejor dentro del monolito, quién sabe? Vivió sus últimos años con ese miedo, miedo de no volver a ver jamás a su hijo. –Como así Don Gerónimo, le pregunte. –El “franqueño” estuvo adentro, vio todo. Cuando su mente estaba lucida, él contaba cosas.

Decía que estuvo en un lugar, todo de oro, que había muchos de ellos, estaban vestidos todos de blanco, un blanco muy resplandeciente, entraban y salían atravesando las paredes de tierra y rocas, otros lo hacían por unas grietas entre las mismas rocas, a veces llegaban con un humano, a veces los sacaban. Cada vez que recordaba esta parte lloraba como un niño. ¿Qué cosas terribles habrá visto el franqueño? Contaba que esos seres, flotaban, nunca debían mirarlos a la cara, sus rostros horribles, con ojos negros grandes y brillantes, unos tenían el tamaño de niños, otros de adultos, solo tenían cuatro dedos y su piel era verde y escamosa, adentro huele como a hierbas y flores. Había un salón grandazo, donde se reunían todos, entraban como en procesión, en el centro una gran bola de fuego a veces amarilla a veces verde. Giraban alrededor de esa bola de fuego, se escuchaba a veces sonidos como de campanas, como golpes de metal.

Su mujer pensaba que estaba loco y la gente que lo escuchaba también. – Pobrecito el “franqueño”, el cerro lo ha dejau encantau, decía la gente que lo conocía. Abandonó el negocio de la miel, pero el siempre aseguraba que todo era cierto. Su mujer lo seguía llevando a los curanderos, pero el estaba convencido que todo era verdad.

Se sentaba en su corral, y repetía que en las entrañas del Pilán vivían ellos, decía: –ahí debajo de la tierra y de las rocas está un gran templo, revestido de oro, custodiado por ellos, un lugar que nadie entendería. Decía que era el templo de lo desconocido y que seguro algún día alguien lo encontrarían.

Tiempo después el “franqueño” murió, murió sin volver a ver a su hijo. Su mujer se sumió en la tristeza y solo vivió para el único hijo que le quedó.

¿Será cierto todo eso Don Gerónimo?, lo interrumpí, me volvió a repetir. –Ver para creer hijo, ver para creer. Luego me pidió que le regale las fotos. Se despidió y se fue caminado lento, muy lento, rumbo a la capilla. –Ya llegó el cura, me voy a escuchar la misa, pa`que la Carmencita me cuide siempre.

 

José Luis Carlin Ruiz, 2023

 

Fotografías tomadas en Morropón por Javier Morales Cabrera



MI MORROPÓN QUERIDO

(RAMON DOMINGUEZ SAAVEDRA)

Yo no voy a morir

Porque dios santo

Me puso lo negro

Al lado de afuera

Y el corazón

Me lo ha pintado blanco,

Por eso

No quiere que me muera

Y si me muero

Morropón querido

Después de muerto

Escucharas mi canto

Bien sabes Morropón

Te quiero tanto

Qué aun ni muerto

Te echaré al olvido

Tú me diste la vida

Con tu tierra y Dios me ha dado

El cariño de tus gentes,

El sol que alumbra

En tu pradera

Y la luna

Que iluminas nuestras mentes….

ORDENANZA MUNICIPAL Nº 003 /2007/CMM

Ordenanza Municipal que establece la obligación de entonar el Himno del Distrito de Morropón en todos los actos públicos oficiales, así como también su entonación a través de las Radio emisoras locales todos los días domingos y feriados ...

DATOS IMPORTANTES

HABITANTES: 14,421 (SEGÚN CENSO 2007)

POBLACION URBANA: 65.3%

POBLACION RURAL: 34.7%

4,472 HAB. CONFORMAN EL PEA DISTRITAL

2,721 HAB. CONFORMAN EL PEA AGROPECUARIA

4,368 VIVIENDAS

16 CASERÍOS Y 06 AAHH CONFORMAN LAS UNIDADES SOCIALES, ADEMAS DE 4 NUEVAS UNIDADES VECINALES

AGRADECIMIENTO

Porque Morropón merece esto y mucho más, continúo trabajando para que tod@s puedan conocer lo maravilloso que es nuestro pueblo, con sus defectos y virtudes como antes he escrito, Morropón es un "pedacito de cielo".

Quiero reconocer y rendir tributo a Pedro Alvarado Merino, a quien considero mi mentor, el que sembró en mi ese interés por descubrir Morropón, su cultura y sus encantos, al Profesor Kiko Sánchez, con quien siempre compartimos y me permite aprender parte de sus conocimientos solo con el fin de dar a conocer a nuestra querida tierra.

Agradezco a tod@s por sus buenas críticas y comentarios, aportes y sugerencias, por su cariño a esta tierra, su baile, sus paisajes y gastronomía.

Agradezco por haber hecho de este blog el punto on line de encuentro para tod@s quienes realmente amamos y añoramos la tierra que nos ha visto nacer o crecer...



ESCRIBEN SOBRE EL PILAN:

CUENTOS DE PIURA – EL ENCANTO DEL CERRO PILAN.

ARGUMENTO

CARLOS ESPINOZA LEÓN


“El tema de la obra gira alrededor de unos campesinos criadores de cabras y el encanto del cerro PILAN, hechizo creado por los antiguos moradores y trasmitido de generación en generación.

De estas historias de encantamientos de manadas de cabras, burros y también de arrieros y mujeres que se les veía cantar y caminar por el cerro en noches de luna llena, tenía atemorizados y llenos de supersticiones a los campesinos que trataban de no acercarse al cerro maldito.

Un hijo de un criandero desaparece al atardecer en medio de la polvareda que se levantaba al recogerse el ganado después de haber pasteado, conmoviendo a los moradores los que creyeron que el cerro lo había encantado.

El niño fue recogido casi al anochecer por un arriero que pasaba al pueblo de Olmos, y ante la dificultad de entregarlo a su familia lo llevó a vivir con él.

Siendo adolescente huye del lugar y trabaja como peón cerca a su lugar de origen pasando por una serie de peripecias, hasta que obtiene la mayoría de edad y es levado para el servicio militar. Al retornar contrae matrimonio, siendo finalmente encontrado por sus abuelos y progenitores después de veinticuatro años.

Esta es una obra costumbrista en la que se pueden advertir el modo de ser y obrar de los campesinos, al mismo tiempo que su lenguaje tan propio y pintoresco. En el fondo hay una denuncia y una protesta en donde el autor hace gala de una serie de descripciones magníficas de su tierra y de metáforas sencillas, pero que tienen la virtud de despertar el interés del lector.

A MORROPON

De: Enrique López Albújar


¡Ah, morropón, gran Morropón!

pueblo con el alma suicida,

el arrozal te da la vida

y el arrozal es tu blasón.

Mientras te afanas por vivir

y te debates miserable,

una guadaña inexorable

te va segando el porvenir.

Tu mayor mal, no es el patrón,

ni la cosecha que se pierde,

pues peor que el hambre, cuando muerde,

es el pantano morropón.

El hombre, al fin, es un mortal,

la tierra, al fin, es reducible;

pero el pantano es impasible,

porque impasible es lo fatal.

Sigue labrando con ardor,

pero al labrar piensen tus mozos

que en cada charco de tus rozos

acecha un diablo destructor.

Si en otros tiempos el puñal

tiñó de sangre tu alegría

y en cada fiesta un muerto había,

hoy mata más el arrozal

De que le sirve al sembrador

sembrar la vida que de el fluye,

si hay una garra que destruye

lo que ha sembrado con amor.

De que le sirve velar fiel

la madre al hijo, si una tumba

es cada cuna mientras zumba

en torno de ella el anofel.

¡Ah, morropón, gran Morropón!,

haz un prodigio ante este azote

y pon en ver tu vida a flote

un poco mas de corazón.

Tu siempre fuiste vertical

en todo trance ante el Señor,

y solo como labrador

te doblegaste al arrozal.

Pon menos alma al placer

y más ensueño en la cabeza

deja, si quieres tu grandeza,

puñal y copa, arpa y mujer.

¡Ah, morropón, gran Morropón!,

no te envanezca tu blasón

piensa más bien que el arrozal

es tu pecado original,

que está pidiendo redención.

EL DISTRITO DE MORROPÓN EN LA MANCOMUNIDAD

El DISTRITO DE MORROPON, integra ahora espacios geográficos que comparten una misma, con un potencial productivo y actividades económicas similares.

Esto permite que Morropón al igual que muchos otros distritos puedan acceder a proyectos integrales que solucionan gran parte de su problemática.

LAS MANCOMUNIDADES QUE INTEGRA MORROPON son:

LA MANCOMUNIDAD DEL CORREDOR ANDINO CENTRAL: conformada por los siguientes distritos: PACAIMPAPA, FRIAS, SANTO DOMINGO, CHALACO, YAMANGO, SANTA CATALINA DE MOSSA Y MORROPON.

La siguiente es LA MANCOMUNIDAD VICUS ALTO PIURA, integrada por CHULUCANAS, MORROPON, LA MATANZA Y BUENOS AIRES.

Asimismo integra corredores económicos en los que se trabaja por ejemplo el tema de las cadenas productivas, como es el caso del CORREDOR ECONOMICO CENTRO SUR integrado por SAN JUAN DE BIGOTE, SALITRAL, BUENOS AIRES Y MORROPON.

También forma parte de la SUB CUENCA LA GALLEGA integrada por: SANTA CATALINA DE MOSSA, SANTO DOMINGO Y MORROPON

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BIBLIOGRAFÍA

Para la elaboración del presente blog se ha consultado libros como: "HISTORIA Y CULTURA DE MORROPON", del Prof. PEDRO ALVARADO MERINO; "VOCES Y LETRAS DE MORROPON", del Prof. JUSTO FEDERICO SANCHEZ CRUZ"; REVISTA REGIONAL "EN LA MIRA" y "MORROPON 2007, CONOZCA NUESTRA TIERRA", ambas de: JOSE LUIS CARLIN RUIZ.

MAPAS: Edin Sullón Aranda

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